Ser mamá y madastra
- 18 mar 2025
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Camila Jara. Fotógrafa, emprendedora y mamá.

Ser mamá y madrastra ha sido una experiencia llena de aprendizajes. Mi hijastra fue mi primera hija sin pelos.
Ser mamá y madrastra ha sido una experiencia llena de aprendizajes. Mi hijastra fue mi primera hija sin pelos.
Antes de ella, mi única experiencia de crianza había sido con Brille, mi perra, que ya está por cumplir 11 años. Siempre había pensado que tener perros o gatos te hacía olvidar la idea de ser mamá, pero cuando comencé a compartir con ella, esa idea quedó en el pasado. Fue un amor completamente nuevo para mí, un mundo diferente que me abrió la puerta a la maternidad.
Ser madrastra, sin embargo, no es fácil. Existe un prejuicio que te encasilla en el estereotipo negativo de los cuentos, por lo que muchas veces el mundo te ve con ojos de crítica constante.
Pero con el tiempo, la realidad se impone, los niños crecen y las relaciones se transforman. El "título" de madrastra, te obliga a demostrar constantemente que no encajas en esa imagen preconcebida, cuando en realidad lo único que quieres es sumar amor y aportar al bienestar de esa persona tan especial que se sumó a tu vida.
Siempre he creído que convivir con animales te prepara para ser mamá. En mi caso, me hizo mucho más fácil la transición a la crianza de mis hijos, incluso, me atrevería a decir que mis hijos ladraron antes de hablar.
Tener un ser a tu cargo te enseña que ya no eres solo tú, que hay alguien que depende completamente de ti. Un animal es, en cierto modo, como una guagua en sus primeras etapas: no puede expresar lo que siente ni lo que necesita con palabras. Depende de ti para alimentarse, para recibir cuidados médicos, para salir a pasear, para jugar, para estar bien. Si bien no es lo mismo que criar a un hijo, sí creo que es una primera experiencia de maternidad.
Mi familia y amigas han sido fundamentales en mi vida como mamá emprendedora e independiente. Tengo la suerte de contar con una familia presente, aunque la mitad esté en el sur de Chile y la otra mitad en Santiago.
Mis hermanos, mis cuñadas, mis suegros, mis papás y mis primos han sido un apoyo constante, incluso estando lejos. También mis amigas, sobre todo aquellas que conocen a mis hijos o que también son mamás. Todos me han acompañado cuando he necesitado trabajar o simplemente desahogarme.
Mi marido es un pilar fundamental en la crianza. Compartimos la responsabilidad de manera equitativa, aunque yo paso más tiempo con los niños por la logística del hogar. Cuando él llega del trabajo, me apoya, y cuando yo tengo que salir a trabajar, él se queda con ellos. Esa es una de las ventajas de ser independiente y trabajar por mi cuenta: puedo organizar mis tiempos para estar presente en la vida de mis hijos.
A lo largo de las distintas etapas de la maternidad, he conocido muchas mamás. Algunas llegaron a través de redes sociales y luego se transformaron en chats de apoyo vía WhatsApp. Si bien no nos conocimos físicamente con todas, compartíamos mensajes, audios y fotos todos los días. Siempre a alguna le pasaba algo, lo que generó una conexión muy fuerte.
En otras etapas, como el jardín de uno de mis hijos, conocí a la que es ahora, una de mis mejores amigas. Hace un tiempo, estoy entrando en la etapa del colegio, sigo conociendo muchas mamás, al igual que en los distintos talleres en los que hemos participado y el grupo de madrastras donde lloramos y celebramos cada acontecimiento. Así que dependiendo de la etapa en la que estén mis hijos, las redes de contacto van cambiando y sumándose constantemente.
Mi mayor desafío criando ha sido entender que la perfección no existe. Muchas veces nuestras metas y anhelos de maternidad están guiados por lo que vemos en redes sociales, lo que nos pone expectativas altísimas.
Otro desafío es la comparación, incluso entre mis propios hijos. Son tan distintos que lo que pensé que funcionaría con uno, con el otro es completamente diferente.
Un tercer desafío ha sido aprender a vivir el día a día, dejar de proyectarme tanto en lo que vendrá y simplemente disfrutar cada momento. Confiar siempre en mi instinto de madre, dejar fluir y confiar en el proceso ha sido clave para mí. Y, sobre todo, no compararme con nadie, criar en mi propio mundo y sacar lo mejor de cada consejo pedido.
En este proceso, rodearme de una comunidad de mujeres ha sido fundamental. Fue clave para sobrevivir las primeras etapas de crianza. Estar en contacto con mamás que ya habían pasado por lo mismo o que estaban viviendo lo mismo que yo fue un gran apoyo.
Aunque no estuvieran físicamente al lado mío, sabía que estaban ahí para escuchar, aconsejar y contener. La maternidad es muy culposa; una constantemente se culpa por lo que no logró hacer y olvida enfocarse en lo que sí hizo bien. Es una autocrítica que muchas veces te apaga y te desgasta.
Tener una red de mujeres que te apañe, que te recuerde que lo estás haciendo bien y que comparta contigo las alegrías y los desafíos hace que todo sea más llevadero.
Por eso, fortalecer estas relaciones es fundamental. Creo que se logra desde la empatía, la comprensión, la sororidad y el simple hecho de estar disponible para el otro. Al final, todas necesitamos sentirnos acompañadas en este camino.



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